Desorden Social
Diana Planchart @desordensocial.co
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DESORDEN SOCIAL nació en gran parte de mi obsesión con las zines de los 90. Me mueve pensar en chicas haciendo revistas en sus habitaciones, fotocopiándolas y pasándoselas unas a otras; hablando de feminismo, punk, Guerrilla Girls y de aquello que necesitaban poner en circulación.

Supongo que me interesa precisamente eso: qué ocurre cuando una idea pasa de una persona a otra. Yo también vivo entrando en rabbit holes. Ahora mismo hay bastante Agnès Varda y Patti Smith dando vueltas por mi cabeza. Dentro de unas semanas probablemente será otra cosa.

DESORDEN SOCIAL es una revista colectiva. Cualquier persona que quiera participar puede dejar una idea, una referencia, una imagen, una canción, una pintura, un texto o simplemente algo que le haya despertado curiosidad.

A partir de ahí se van creando túneles de pensamiento, alimentados por nuevos nudos que otras personas van sumando. Una idea lleva a otra, esa a otra distinta, y poco a poco se construye una red de intereses compartidos. Por eso la revista también toma forma de archivo: un archivo de todo aquello que nos interesa, de las cosas en las que queremos profundizar y de esos rabbit holes en los que entramos casi sin darnos cuenta.

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las pilas

Dentro del mundo de las baterías portátiles, los cargadores inalámbricos y los dispositivos que cada vez necesitan menos de nosotros para funcionar, las pilas siguen existiendo.

Parecen arcaicas. Utilizarlas hoy tiene algo de anacrónico: abrir un compartimento, introducir un pequeño cilindro metálico y cerrar. Entonces ocurre algo extraño. Un objeto muerto cobra vida.

Y dejamos de pensar en la pila.

Quizá precisamente por eso la pila podría ser hoy lo que la sopa Campbell fue para Warhol: un objeto tan cotidiano que hemos dejado de mirarlo. La Campbell condensaba una civilización fascinada por la producción, la repetición y el consumo. La pila podría condensar otra: una civilización fascinada por la disponibilidad absoluta.

Pero hay algo escondido dentro de ella.

La pila desaparece dentro del objeto para que el objeto pueda parecer autónomo. El mando funciona. El juguete se mueve. La cámara dispara. El reloj continúa. No vemos la energía; vemos únicamente sus efectos.

¿Cuántas cosas de nuestra época funcionan exactamente así?

Pulsamos una pantalla y algo sucede. Hablamos con una inteligencia artificial y responde. Guardamos una fotografía en una nube que no podemos ver. Generamos una imagen en segundos. La tecnología parece ocurrir en ninguna parte.

Pero ocurre en alguna parte.
Y consume algo.

La pila tiene una cualidad casi incómoda: no puede fingir que esto no es así. Su vida está escrita desde el principio. Tiene una cantidad determinada de energía y, por tanto, una cantidad determinada de tiempo. Cada segundo de funcionamiento es un segundo menos que le queda.

Una pila no contiene solamente energía.

Contiene un límite.

Y quizá sea precisamente esto lo que resulta extraño de ella cuando la colocamos junto a las tecnologías contemporáneas. Frente a una IA, la experiencia es casi la contraria. La posibilidad parece infinita. Pregunta otra cosa. Genera otra cosa. Empieza de nuevo.

No hay un pequeño cilindro que podamos sacar y sostener en la mano y decir: aquí está el límite de todo esto.

¿Dónde está entonces?

¿Dónde termina la energía que hace posible una inteligencia artificial? ¿Qué aspecto tiene? ¿Dónde está el objeto que contiene el tiempo que le queda? ¿Qué sucede cuando se agota?

Nos hemos acostumbrado tanto a que la tecnología oculte sus condiciones materiales que quizá hemos empezado a confundir la ausencia de un límite visible con la ausencia de un límite real.

La pila hace lo contrario.

Se esconde para hacer funcionar una máquina, pero al mismo tiempo revela aquello que la máquina intenta ocultar: que toda vida necesita energía, que toda energía tiene un coste y que todo funcionamiento tiene un final.

Quizá por eso resulta tan extraña hoy.
No es un objeto del pasado.
Es un objeto que todavía sabe algo que nosotros hemos olvidado.

Perfect days

de Wim Wenders

Hace unos días vi Perfect Days, de Wim Wenders. Inmediatamente entendí que esta película me marcaría. Perfect Days recorre la vida de Hirayama, un limpiador de baños públicos en Tokio. Y tengo que admitir que, tan solo al observar la infraestructura de los baños públicos de la ciudad, resulta evidente cómo esta película se convierte también en una pieza de memoria y reconocimiento hacia una arquitectura gentil, en contraste con aquello que solemos encontrar en otras ciudades modernas de hoy en día.

Pero, retomando la trama de la película, no ocurre nada especialmente peculiar, y ese es precisamente el punto. Hirayama vive en un mundo de pocos estímulos y, sinceramente, parece ser esa misma sencillez la razón por la que se encuentra satisfecho con su vida. La película nos recuerda que, en la simplicidad de la vida cotidiana, se encuentra su verdadera belleza.

Hirayama, con su cámara analógica, fotografía la naturaleza que lo rodea y encuentra en esas imágenes un reflejo de la inocencia inherente al paso incontrolable del tiempo. Me parece que es un filme que, a través de un diálogo reducido, sugiere una gran cantidad de temas sobre los que reflexionar. Entre ellos, y para mí uno de los más llamativos, se encuentra una pregunta:

¿es Hirayama
realmente feliz?

La película nunca ofrece una respuesta. En ningún momento se nos dice qué siente realmente Hirayama, por lo que es el espectador quien debe construir su propia conclusión al respecto. Quizá ahí reside parte de su belleza: en permitirnos observar una vida aparentemente sencilla y preguntarnos qué significa, en realidad, estar satisfecho con ella.

Es una película que recomiendo enormemente y que, además, me parece especialmente relevante en una época marcada por la aceleración constante y la proliferación de mundos virtuales paralelos.

a veces, viendo reels de personas limpiando alfombras, saben, estas alfombras que está. completamente destruidas, tiene barro y suciedad hasta en su médula. Pienso, porque están limpiando esta alfombra tan fea? que debe haber pasado para que la alfombra esté en esa condición? cómo llego a ser eso? no valdría la pena compra una alfombra nueva y ya? para quien estarán limpiando esa alfombra? luego deslizo el dedo y procedo a ver el siguiente vídeo.

ATRAPADA
EN
LA
PANTALLA

Después de casi un año yendo y viniendo a la ciudad en bici, cada día me sentía más afortunada de poder recorrer los campos que la rodean.

Con estas fotografías he querido reflejar la sensación que me transmite; un poco del aire que roza mi piel mientras que esquivo los bichos y el polvo que se levanta de los caminos de tierra.

“Es como cuando, en las películas, algo atraviesa una escena y todo lo que toca empieza de repente a florecer, a prosperar y a encontrar su propósito.

Todo cae en su sitio. Es algo así.”

El campo